EDITORIAL REDAC Nº 10
Ya se sabe que esta revista no se hace responsable de las opiniones de sus colaboradores. ¿Pero del editorial, se hace alguien responsable? Aunque, desde luego, se edita desde una Demarcación del COAC, su Junta no controla, ni es responsable de su contenido.
No puede decirse lo mismo de la Vocalía de Información y Comunicación a la que, desde luego, sí se le pueden pedir responsabilidades y hacer todas las críticas que se estimen convenientes. Siempre serán bien recibidas.
Ya sé que, seguramente, estas explicaciones sobran, pero permiten ser menos prudente y expresarse con mayor libertad.
¿SOMOS UN CONJUNTO O SIETE ELEMENTOS?
La historia de la conquista de Canarias duró casi un siglo, desde 1402 hasta 1496, y fue bastante complicada.
Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle, por encargo de Enrique III de Castilla, habían conquistado, en 1405, Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro.
La Gomera se va ocupando a partir de la conquista de El Hierro, pero es a mediados del siglo (1450) cuando está controlada por Hernán Peraza. Su hijo, Guillén Peraza, había muerto en su intento de conquistar La Palma. La conquista del resto de las islas, ya se hace por encargo de los Reyes Católicos.
En la conquista de Gran Canarias (1478-1483) intervienen, entre otros, los gomeros.
Cuando Alonso Fernández de Lugo conquista La Palma (1492-1496) y, posteriormente, Tenerife (1494-1496), lo hace con la ayuda de los grancanarios; incluso tiene que vender sus plantaciones de azúcar de Agaete para ayudar a la financiación de estas “empresas”.
La moraleja de la historia es que todo fue un conjunto de eslabones que terminaron construyendo con las islas una compacta cadena.
Tampoco se puede negar que, en muchas ocasiones, se crearon más problemas por los conflictos entre los conquistadores, que por la propia resistencia de la población aborigen.
Este trasiego de población ha seguido hasta nuestros días, con muchos miles de canarios que residen en una isla que no es en la que nacieron.
Pero, en aquellos siglos en estas islas, dejando aparte los segundones de la nobleza, que enviaban a la conquista; el clero y los comerciantes y banqueros genoveses que financiaron estos asuntos, el resto de la población, en muchas épocas, pasaba hambre.

La solución era “embarcarse” para América. Allí ya eran isleños o canarios; a nadie le importaba de qué isla. Eso sigue pasando hoy con los que viven en la Península o cualquier parte del mundo.
Cuando en el siglo XIX las compañías británicas se consolidan en Canarias e implantan, como productos de exportación, las papas, plátanos o tomates, lo hacen en todas las islas.
Hoy ocurre lo mismo con cualquier compañía nacional o multinacional. Las compañías extranjeras se instalan en los puertos canarios donde se suministraban sus vapores, con destino a las colonias africanas o hacia América.
Lo cierto es que, en torno a los puertos francos y a la agricultura, se creó una nueva burguesía emprendedora. En este sentido, fueron empresarios de Gran Canaria los que arrendaron tierras para cultivar plátanos a los “coburgos” de La Orotava, que históricamente han tenido “falta de perras”. Algunos incluso se casaron con sus hijas. Esta sólida conexión ha llegado hasta nuestros días.
Quién, relacionado con la agricultura, no recuerda compañías agrícolas de Gran Canaria implantadas en todo el archipiélago como “Betancor Hermanos S.A.” o “Bonny S.A.”

Pero, naturalmente, cada isla tiene su historia y sus problemas propios, y en 1912 se crearon los Cabildos Insulares, con las competencias que siempre han tenido, especialmente las recaudatorias.
El desarrollo comercial del Puerto de La Luz y de Las Palmas, creó en su entorno una gran ciudad y unos comerciantes dinámicos que no podían esperar por la burocracia anquilosada, como son todas las burocracias, de la capital provincial, Santa Cruz.
En 1927, durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, se consuma la división provincial de Canarias.
Durante la República, aunque sea sólo una anécdota, no deja de ser curioso que el arquitecto grancanario Miguel Martín Fernández de la Torre sea el autor de los proyectos de las sociedades más burguesas de Santa Cruz, el Casino y el Real Club Náutico.
Algunos lo atribuyen, entre otras cosas, a ideas como “la fraternidad universal”, que asumían las élites masónicas de la época.

La Dictadura de Franco, con su centralismo, fomentó la conexión directa de las provincias con Madrid; nada de pueblos de España, cuanto más divididos era más fácil manejarlos.
Los tiempos han cambiado, ya se ve la necesidad de la creación de un estado federal, no español, sino europeo. Si los famosos mercados ponen en aprietos a poderosos estados, qué no podrán hacer con un pequeño archipiélago o una solitaria isla.
En la transición española, cuando todos aquellos estudiantes canarios fueron, con sus banderas con las siete estrellas verdes, a recibir al aeropuerto de Barajas al abogado Carlos Suárez Cabrera (Látigo Negro), nadie preguntó por la isla de la que venía el abogado, ni mucho menos de qué islas eran los estudiantes.
Si las burguesías de las islas mayores, casi siempre emparentadas y muy relacionadas con las familias de comerciantes extranjeros que se quedaron en las islas, siempre tuvieron cierto espíritu europeo; si, por otro lado, la izquierda siempre fue internacionalista, ¿de dónde procede el insularismo?

Aunque yo no lo crea, tengo un amigo que dice que se trata, con todos los respetos, de hijos o nietos de peninsulares, que no han entendido aún de qué va esto.
Otro teoría plantea que, para la creación de esta Comunidad Autónoma, ya no contamos con las élites que creen en la “fraternidad universal”, ni izquierda internacionalista, ni auténticos nacionalistas, ni burguesía europea.
Todo eso ha sido sustituido por un “verdadero espíritu murguero”.


